El niño lo condujo por un pasillo estrecho. La casa era humilde, pero estaba limpia. Las paredes estaban cubiertas de dibujos infantiles y fotografías. Había muebles reparados varias veces, una mesa sencilla y una cocina pequeña. En una esquina observó cajas de medicamentos y un tanque de oxígeno.
Lucía estaba tendiendo ropa en el patio.
Al verlo, dejó caer una sábana.
Los años habían cambiado su rostro, pero Alejandro la reconoció inmediatamente. Su cabello tenía algunas canas y sus manos mostraban señales de trabajo. Llevaba un vestido sencillo y sandalias desgastadas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
No parecía contenta ni sorprendida. Parecía asustada.
Alejandro sacó la carta.
—Clara me envió esto.
Lucía la leyó y cerró los ojos.
—No debió hacerlo.
—¿Quién es el niño?
Ella miró hacia la puerta. El pequeño permanecía observándolos.