Entonces Julián habló.
Llevaban meses buscando una solución para fabricar ejes destinados a varios remolcadores. La avería de una máquina de gran capacidad había complicado el trabajo, y conseguir un reemplazo apropiado requería mucho tiempo.
El torno que tenía frente a casa podía ser útil para ese proyecto.
—¿Quieren comprarlo? —pregunté.
—Queremos estudiar un alquiler —respondió—. El traslado, la instalación, el seguro y la puesta a punto tendrían que quedar cubiertos por contrato.
Abrió su carpeta.
La propuesta preliminar contemplaba un programa de trabajo para once ejes. Si la máquina superaba las comprobaciones técnicas y se aprobaban los trámites, el importe previsto por su disponibilidad y uso durante el proyecto ascendía a doscientos sesenta y ocho mil euros.
No entendí la cifra al principio.
Esperé a que alguien se riera.
Nadie lo hizo.
Mamá pidió que la repitiera.