Tenía treinta y ocho años y llevaba media vida convencido de que casi cualquier problema podía resolverse con organización.
Dirigía una empresa tecnológica que había comenzado su padre años atrás. Con el tiempo, Diego la había convertido en un negocio grande y estable.
Estaba acostumbrado a revisar cifras, anticipar dificultades y tomar decisiones bajo presión.
Pero nada de eso le ayudaba a entender qué hacía una niña sola en medio de una tormenta.
Se acercó lentamente.
—¿Estás bien?
La pequeña levantó el rostro.
Tenía las mejillas rojas por el frío. Su cabello oscuro estaba recogido en una trenza que comenzaba a deshacerse, y había lágrimas acumuladas en sus ojos.
Sin embargo, no parecía asustada de él.
Lo observaba con una seriedad extraña para una niña tan pequeña.