Vincent no bajó de inmediato.
Se quedó con el contrato abierto sobre el escritorio, mirando la firma de Claire como si aquellas letras acabaran de acusarlo frente a toda la familia. Marco seguía junto a la puerta, serio, con el teléfono todavía en la mano.
—Ese hombre no viene a pedir permiso —dijo Marco—. Viene a cobrar algo.
Vincent bajó al vestíbulo.
El visitante estaba allí, vestido con un abrigo oscuro, apoyado en un bastón de madera pulida. No parecía asustado por los guardias Moretti. Ni siquiera parecía impresionado.
Miró a Vincent una sola vez.
—Anthony me advirtió que eras arrogante —dijo—. No me advirtió que eras estúpido.
La habitación quedó helada.
Nadie le hablaba así a Vincent Moretti.
Nadie.
Pero el hombre sacó un sobre grueso del interior de su abrigo y lo dejó sobre la mesa de entrada.
—Claire me llamó antes de desaparecer.
Vincent sintió que el aire le faltaba.
—¿Dónde está?
El hombre no respondió.
Abrió el sobre y sacó una copia de un documento con la firma de Anthony Moretti, fechada tres años atrás.
Marco dio un paso involuntario hacia adelante.
Vincent leyó la primera línea.
Luego la segunda.
Y entonces entendió por qué su abuelo había exigido ese matrimonio.
Claire no había entrado en la familia Moretti para recibir protección.
Había entrado porque Anthony le debía una deuda.
Una deuda tan grande que podía destruir el fideicomiso entero.
El hombre levantó la mirada.
—Si Claire muere, Vincent, tu familia no hereda nada.
Vincent dejó de respirar.
Entonces el visitante añadió:
—Y si vive, tal vez sea ella quien decida si los Moretti siguen existiendo.