Ató la caja con una cinta azul nueva.
Cuando estaba por cerrar el armario, escuchó a doña Teresa entrar en la casa.
—¿Otra vez escondiendo cartas?
Gabriel sonrió.
—Estas sí las escribí yo.
Ella abrió una y leyó en silencio. Después lo abrazó.
La confianza no regresó de golpe. Diego tuvo que demostrar con actos que su cobardía había terminado. Karla reconstruyó su vida lejos de Javier y devolvió cada documento que encontró. Don Ernesto aprendió a hablar del dolor sin disfrazarlo de prudencia. Doña Teresa dejó de justificar a sus hijos por miedo a perderlos.
Y Gabriel entendió que amar a la familia no significa suponer que todo está bien. A veces significa hacer preguntas incómodas, presentarse sin aviso y mirar de frente aquello que nadie quiere contar.
La última vez que los 4 hermanos coincidieron fue en una visita autorizada. Javier estaba más delgado. No pidió dinero ni compasión.