Volví rico después de casi 10 años y descubrí que mis padres apagaban la calefacción para “ayudarme” a pagar deudas inexistentes. “Él nos entregaba tus cartas”, dijo mi madre señalando a mi hermano. Yo no respondí; abrí el sobre bancario y dejé que todos vieran su autorización para retirar mi dinero. Pero el último documento escondía algo capaz de dejarlos también sin hogar.

En ese instante, Gabriel escuchó un ruido detrás de él. Al voltearse, vio a su hermano en la puerta, pálido, con una llave en la mano.

—Cierra esa caja —ordenó Javier—. Hay cosas que nuestros padres no soportarían saber.

PARTE 2

Gabriel no cerró la caja.

—Lo que no soportarían es descubrir quién los dejó pasar hambre.

Javier intentó arrebatarle los documentos, pero don Ernesto apareció en el pasillo. El ruido lo había despertado.

—¿Qué están haciendo?

Javier recuperó de inmediato su tono amable.

—Nada, papá. Gabriel está confundido por el viaje.

Gabriel guardó las cartas y el documento en su mochila.

—Mañana vamos a hablar. Todos.

A primera hora buscó a Lucía Herrera, una abogada de Puebla especializada en fraude patrimonial. Ella revisó las firmas, las fechas y el poder bancario.

—Las cartas parecen falsificadas —dijo—. Pero necesitamos un peritaje y los movimientos completos de la cuenta. El banco no te los dará sin autorización de tus padres o una orden judicial.

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