Y como un padre cuyos propios hijos ni siquiera conocían su nombre. PARTE 2 Saint Paul nos recibió bajo un cielo gris oscuro a principios de noviembre. La lluvia resbalaba por las ventanillas del sedán negro mientras entrábamos en la ciudad, convirtiendo las farolas junto al río Misisipi en largas manchas doradas. Observé a los peatones apresurarse por las aceras bajo enormes paraguas, a parejas jóvenes compartiendo el calor de sus abrigos y a estudiantes universitarios sujetando vasos de café caliente entre las manos. En algún lugar de aquellas calles estaba Savannah. Y en algún sitio cercano, mis hijos crecían sin saber siquiera que yo existía. Raymond iba sentado frente a mí, con el móvil en una mano y la fotografía en la otra. Apenas había pronunciado una palabra desde que salimos de Minneapolis. Aquel silencio me preocupaba mucho más que cualquier advertencia.

La paz era precisamente lo que yo nunca había sabido darle durante nuestro matrimonio.

Raymond se removió incómodo en su asiento de cuero.

—Jefe, todavía hay más.

—Siempre hay algo más —respondí agotado.

—He consultado los registros públicos y he hablado personalmente con alguien del centro comunitario. Savannah no vive escondida. Es muy conocida en el

barrio y la gente la aprecia muchísimo.

Estuve a punto de sonreír con tristeza.

—Siempre le apasionó ayudar a las personas que lo estaban pasando mal.

—Lo sé —respondió Raymond.

—¿Lucas trabaja también en ese centro?

—No de forma habitual. Pero los fines de semana colabora como voluntario, hace revisiones pediátricas gratuitas y ayuda a las familias con pocos recursos a conseguir atención médica.

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