“Me gustarĂaeso”, susurrĂł.
Emily le apretĂł la mano.
Entonces apareció Noé en la puerta.
“¿Vienen ustedes dos adentro? Me muero de hambre.”
Emily se riĂł suavemente.
“Ya voy, cariño.”
Noé miró a Daniel.
“Papá, ¿te quedas a cenar?”
Daniel mirĂł a Emily.
Ella sonriĂł.
“Si lo deseas.”
Daniel sintiĂł que se le apretaba la garganta.
“SĂ,” dijo. “Me encantarĂa.”
Y por primera vez en catorce años, entró en una casa donde fue bienvenido.
No por sus miles de millones.
No por su nombre.
Pero porque finalmente habĂa comenzado a comprender lo que significaba pertenecer.
Esa noche, después de que Noé se fue a dormir, Daniel se quedó solo en el patio trasero.
El cielo estaba oscuro y el aire llevaba el aroma de la tierra hĂşmeda.
PensĂł en el hombre que habĂa sido nueve años antes.
Un hombre que habĂa creĂdo que la riqueza era prueba de su valor.