Quise sorprender a mi mejor amiga en su cumpleaños, pero la sorpresa fue verla besar a mi esposo en la entrada. Cuando escuché que planeaban vender el departamento de mi hijo, él dijo: “Si la empresa quiebra, ella se quedará sin nada”. Permanecí callada, guardé la grabación y esa misma noche abrí un sobre escondido en su portafolio.

La policía recuperó correos borrados en la computadora de Claudia. En ellos, Fernanda preguntaba cómo presionar a Mariana para que vendiera. Andrés contestaba: “Con el niño se rinde más rápido. Ya le sembré la idea de la casa”.

También había un comprador preparado para adquirir el departamento por tres millones ochocientos mil pesos, casi un millón menos de su valor. La diferencia sería entregada en efectivo a Andrés después de la firma.

Sin embargo, faltaba una prueba clara de que él pretendía obligarla a entregar el dinero con pleno conocimiento de la falsificación. Por eso, los agentes propusieron una reunión controlada.

Mariana escribió a Andrés que había encontrado un comprador dispuesto a pagar más, pero que sólo invertiría si él aclaraba la deuda. Andrés respondió de inmediato y citó a todos en la casa de Ajijic.

—Puedes detener la reunión en cualquier momento —le explicó la agente Verónica Castillo—. No discutas, no te acerques a puertas cerradas y usa la frase acordada si sientes peligro.

Claudia aceptó participar. No pidió perdón otra vez. Entendía que declarar no borraba la traición.

El sábado, a las siete de la noche, Andrés llegó acompañado de Fernanda, una mujer elegante con traje turquesa y una carpeta de piel. Sobre la mesa colocaron un contrato de préstamo, un recibo de dinero y una promesa de compraventa.

—Después de firmar, el anticipo pasará a la constructora —dijo Fernanda—. Así pagamos la mora y detenemos cualquier demanda.

Mariana revisó las hojas.

—Aquí dice que entrego el dinero en efectivo y renuncio a exigirlo durante tres años. Tampoco existe garantía de devolución.

Andrés golpeó la mesa con los dedos.

—Es un negocio familiar. Deja de comportarte como auditora.

—Soy contadora. Y se trata del patrimonio de mi hijo.

—También es mi hijo.

—Nunca lo adoptaste. Ayer dijiste que no era tuyo cuando pensabas que nadie te escuchaba.

Claudia levantó la cabeza. Andrés comprendió entonces que Mariana había estado escondida en la bodega.

—Así que eras tú —murmuró—. Todo este teatro empezó porque decidiste espiarnos.

—Empezó cuando falsificaste mi firma.

Fernanda intervino:

—No usemos palabras que puedan malinterpretarse. Fue una autorización provisional.

Mariana sacó una copia de la garantía.

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