Creí que la mujer con la que estaba a punto de casarme me había traicionado, hasta que la encontré agonizando en medio del bosque, todavía con el vestido de novia que llevaba tres días antes. Sus primeras palabras me dejaron helado: “No me lleves con mi familia… fueron ellos quienes me encerraron”. No discutí con nadie; simplemente llevé un misterioso medallón a una anciana para preguntarle por él… y ella terminó revelándome una muerte que había permanecido oculta durante casi treinta años.

Y entendí que el secuestro de Lucía no había comenzado el día de nuestra boda.

Había comenzado mucho antes de que ella naciera.

Lo que estaba a punto de descubrir sobre su familia era peor de lo que cualquiera en San Bartolo podía imaginar…

PARTE 2

Jacinta dejó el relicario sobre la mesa como si quemara.

—Perteneció a Rafael Ortega —dijo.

Nunca había escuchado ese nombre.

—¿Quién era?

—El primer marido de la mamá de Lucía.

Me explicó que muchos años atrás, cuando Elena, la madre de Lucía, aún era muy joven, había estado casada con Rafael, propietario de parte del huerto, el molino de agua y varias hectáreas que después formarían la herencia de su hija.

Rafael murió en circunstancias extrañas.

Una caída en una barranca, dijeron entonces.

Pero Elena nunca creyó que hubiera sido un accidente.

—Una noche vino a verme —recordó Jacinta—. Tenía un ojo golpeado y este relicario en la mano. Me dijo que Beatriz estaba obsesionada con Rafael.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿La hermana de Elena?

Jacinta asintió.

—Las dos querían al mismo hombre. Rafael eligió a Elena. Después él murió, Elena volvió a casarse años más tarde y tuvo a Lucía. Beatriz nunca olvidó ni al hombre ni las tierras.

—¿Estás diciendo que pudo matar a Rafael?

—Estoy diciendo que Elena lo sospechaba.

Antes de morir, Elena había dejado la propiedad directamente a Lucía.

Dieciocho hectáreas de manzanos, una casa antigua y un molino que, aunque ya no funcionaba como antes, estaba ubicado junto a terrenos cuyo valor había aumentado mucho.

Mientras Lucía fuera soltera y dependiera de su tía, Beatriz administraba casi todo.

Pero después de nuestra boda, Lucía pensaba hacerse cargo personalmente.

Eso explicaba demasiado.

También explicaba por qué Rogelio Salas llevaba meses rondando la casa.

Beatriz pretendía casarlos y conservar el control mediante él.

—Ve a denunciar —dije.

Jacinta negó con la cabeza.

—¿Con qué pruebas? El relato de Lucía, unas marcas que desaparecerán y un relicario que cualquiera puede decir que ella llevaba desde antes.

Tenía razón.

Y Beatriz lo sabía.

Esa misma tarde llegó al pueblo vestida de negro, llorando frente a quien quisiera escucharla.

Decía que llevaba días buscando a su “pobre niña”.

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