Durante el desayuno tomó una taza antigua del aparador, una de las favoritas de la abuela de Natalia.
—Estas porquerías ya deberían estar en la basura.
—Déjela ahí, por favor.
Leticia sonrió.
Y abrió los dedos.
La taza cayó al piso y se hizo pedazos.
—Uy. Se me resbaló.
Natalia la miró.
—Lo hizo a propósito.
—Demuéstralo.
Diego ni siquiera levantó la vista del celular.
Minutos después ocurrió algo todavía peor.
—Dame tu tarjeta —ordenó él.
—¿Para qué?
—Para comprar comida y pagar cosas de la casa.
—No.
Diego se puso de pie.
—¿Cómo que no?
—La tarjeta es mía. El dinero también.
—¡Soy tu esposo!
Natalia lo sostuvo con la mirada.
—Un esposo que lleva casi dos años sin aportar un peso.
El rostro de Diego se volvió rojo.
Leticia se interpuso.
—¡No le hables así a mi hijo! Tú todavía no sabes con quién te estás metiendo. Podemos dejarte sin nada.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Natalia lo notó.
Y Leticia también.
Antes de ir al trabajo, Natalia terminó dejando cinco mil pesos porque su suegra aseguró que “no había comida suficiente”.
Horas después recibió una llamada de doña Rosario, una vecina que había conocido a su abuela.
—Natalia, tu suegra anda diciendo que el departamento lo compró Diego y que tú quieres quitárselo. También dijo algo de que pronto todo quedará “arreglado legalmente” y entonces tú tendrás que hacerte a un lado.
Natalia sintió un escalofrío.
Esa tarde regresó antes de lo habitual.
Al llegar a su puerta escuchó a Diego y a Leticia hablando adentro.
Sacó el teléfono.
Activó la grabadora.
Y acercó el aparato a la puerta.
—Primero que firme el poder —decía Leticia—. Tú dile que es para tramitar el crédito del negocio.
—¿Y si empieza a leer?
—No le des tiempo. Le metes los papeles entre los demás. Después formalizamos lo de la mitad del departamento y ya no podrá tratarte como si fueras un arrimado.
Natalia sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Su esposo no quería su tarjeta.
No quería cinco mil pesos.
Quería su casa.
La herencia de su abuela.
Y pensaba conseguirla engañándola con su propia firma.
Natalia guardó el teléfono y metió la llave en la cerradura como si no hubiera escuchado nada.