—Señora… —dijo intentando recuperar la compostura—. Creo que será mejor que entre y lo vea usted misma.
Me levanté inmediatamente.
—Doctor, ¿qué pasó? ¿Por qué se está riendo?
Antes de que pudiera responderme, mi esposo apareció detrás de él.
Nunca olvidaré su expresión.
Estaba completamente avergonzado.
—Cariño… —dijo mirando al suelo—. No sé cómo decirte esto…
— ¿Qué pasa? ¿Encontraron algo?
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces respiró profundamente.
—Parece que… llevaba algo pegado ahí desde hace varios días.
Me quedé mirándolo sin entender.
El médico finalmente explicó lo sucedido.
Durante la exploración se descubrió un pequeño trozo de material adhesivo atrapado entre la ropa y la piel, aparentemente procedente de una etiqueta protectora de una prenda interior nueva.
Con el sudor, la humedad y el paso de los días, el material había comenzado a generar aquel olor tan desagradable.
Mi esposo se había cambiado de ropa muchas veces, pero nunca había visto aquel pequeño fragmento porque estaba situado en un lugar difícil de observar.
El médico simplemente lo retiró.
Eso era todo.
No había ninguna infección grave.
No había ninguna enfermedad misteriosa.
Nuestro enorme drama de varios días había sido provocado por un diminuto pedazo de material adhesivo.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Entonces empecé a reírme.
Mi esposo también terminó riéndose.
—¿Todo este tiempo era eso? —pregunté.
El médico abierto.
—La buena noticia es que está perfectamente. Y probablemente esta será una consulta que ninguno de nosotros olvidará.
Al salir de la clínica, mi esposo me hizo prometerle una cosa:
—Por favor, no se lo cuentes a nadie.
Por supuesto le prometí que no lo haría.
Pero desde aquel día revisa cuidadosamente cada etiqueta, bolsillo y prenda nueva antes de ponérsela.
Y cuando alguno de nuestros amigos se queja de un olor misterioso, solo necesitamos mirarnos durante dos segundos para empezar a reírnos.