La entrada estaba detrás de una alacena pesada en la cocina.
Cuando era niño bajaba allí con su padre.
Pero llevaba años sin pensar en aquel lugar.
Empujó cuidadosamente el mueble.
La puerta seguía allí.
Lo extraño era la cerradura.
Era nueva.
Alejandro intentó abrirla, pero estaba asegurada.
Regresó a su habitación antes de que Verónica despertara.
A la mañana siguiente desayunó con ella fingiendo normalidad.
—Voy al banco de Actopan —dijo Verónica mientras tomaba las llaves del coche—. Regreso en un par de horas.
Alejandro esperó hasta verla desaparecer por el camino.
Después comenzó a buscar.
Recordaba que su padre escondía copias de ciertas llaves dentro de una lata de café en el cobertizo.
La encontró detrás de unas herramientas viejas.
Dentro había cuatro llaves oxidadas.
Una logró abrir el mecanismo antiguo de la puerta.
Cuando empujó la madera, una corriente de aire húmedo le golpeó el rostro.
Encendió la linterna del celular.
—¿Papá?
Silencio.
Bajó.
—¿Mamá?
Entonces escuchó una respiración.
Al fondo del sótano habían colocado una división de barrotes metálicos y un candado.
Detrás, sobre un colchón delgado, había dos personas cubiertas con cobijas.
Alejandro dejó caer el teléfono.
—¡Mamá!
Doña Teresa levantó lentamente la cabeza.
Tardó varios segundos en reconocerlo.
—¿Alejandro?
Él corrió hacia las rejas.
Su madre estaba extremadamente delgada. Don Joaquín apenas podía incorporarse.
Alejandro tomó la mano de Teresa a través de los barrotes.
—¿Quién les hizo esto?
Su padre cerró los ojos.
—Tu hermana.
Durante casi cuatro meses Verónica los había mantenido encerrados.
Todo comenzó después de regresar de Querétaro, donde había fracasado un negocio de ropa y acumulado deudas que superaban el millón de pesos.
Al principio dijo que había regresado para cuidar a sus padres.
Luego comenzó a administrar el dinero que Alejandro enviaba.
Después convenció a don Joaquín de firmar un poder argumentando que era necesario para hacer trámites médicos y bancarios.
Cuando los ancianos descubrieron que Verónica estaba retirando grandes cantidades y quisieron cancelarlo, empezaron las amenazas.
La situación explotó cuando ella intentó convencerlos de firmar la venta de la casa y cuatro hectáreas heredadas del abuelo.
Don Joaquín se negó.
Dos noches después Verónica los encerró.