Al final, el caso terminó con una salida legal que incluyó reparación económica, pago de mis gastos no cubiertos por el seguro, medidas de no contacto y condiciones que debían cumplir para evitar que el asunto escalara.
Además, en la vía civil, Adrián tuvo que responder por los daños, costos y obligaciones pendientes.
El dinero no me devolvió la confianza.
Pero dejó algo claro: lo que me hicieron no era una “broma”, ni un “pleito de familia”, ni una “mujer exagerando”.
Tuvo nombre, pruebas y consecuencias.
El divorcio fue más rápido.
No teníamos hijos ni propiedades en común. La camioneta siempre había estado a mi nombre.
Adrián intentó pedirme otra oportunidad durante la primera audiencia.
—Yo sí te amaba.