—Todos los días.
—Entonces, ¿por qué no regresaste?
Esta vez Daniel no intentó inventar ninguna excusa.
—Porque fui un cobarde. Cuando descubrí que estabas enferma, solo pensé en mi propio dolor. Te dejé sola cuando más me necesitabas.
Lily permaneció en silencio durante un momento. Después miró hacia el océano, visible a través de los grandes ventanales del hotel.
—Mañana vamos a volver a la playa. Puedes venir con nosotras, pero no debes volver a escapar.
Daniel se cubrió la boca con la mano, tratando de contener un sollozo.
—No volveré a escapar.
A la mañana siguiente, los tres fuimos al océano.
Yo todavía no había perdonado a Daniel. Tal vez nunca llegaría a perdonarlo completamente. Pero aquel día el perdón no era lo más importante.
Lily lo era.
Estaba sentada en la arena con el sombrero rosa que su abuelo le había enviado. Daniel construía un castillo de arena a su lado mientras yo los observaba desde cierta distancia.
Cuando una ola destruyó parte del castillo, Daniel trató rápidamente de reconstruirlo.
Lily tomó su mano.
—No te preocupes, papá. A veces todo se derrumba. Siempre puedes empezar de nuevo.
Daniel me miró.
En aquel momento comprendí que el verdadero secreto detrás de aquel viaje no era el regalo dentro de la caja.
Era la segunda oportunidad que Daniel estaba pidiendo, no a mí, sino a su pequeña hija enferma terminal.
Lily no lo liberó de su culpa. Simplemente permitió que su padre no desperdiciara el tiempo que todavía les quedaba.
Y durante los meses siguientes, Daniel nunca volvió a huir.
Se sentaba junto a la cama de Lily en el hospital, le leía cuentos de hadas por las noches y le sostenía la mano cada vez que tenía miedo.
Lily murió siete meses después.
En su última noche nos pidió que abriéramos la ventana para poder escuchar una grabación del sonido de las olas del océano que sonaba suavemente a lo lejos.
Yo sostenía una de sus manos. Daniel sostenía la otra.
Antes de quedarse dormida, Lily susurró:
—Me alegro de que hayas vuelto, papá.
Llorando, Daniel respondió:
—Y yo me alegro de que me hayas enseñado cómo volver.
Lily nunca volvió a abrir los ojos.
Todavía creo que hay errores que nunca pueden repararse por completo. Daniel jamás podría recuperar los tres años que había perdido ni borrar el dolor que nos había causado.