Me llevaron en silla de ruedas hasta una ventana del octavo piso y mi hermana me susurró que un “accidente” resolvería todos sus problemas. Yo fingí seguir completamente paralizada, porque si descubría que podía mover un dedo, jamás tendría oportunidad de conocer toda la verdad.

Pero también aprendí algo que jamás olvidé:

A veces la verdad no llega con el rostro que esperamos.

A veces el enemigo entra a tu habitación llorando y diciendo que te ama.

Y a veces quien parece estar destruyéndote es la única persona que está peleando, en silencio, para devolverte la vida.

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