De pronto recordé cada conversación que había decidido no escuchar.
Beatriz preguntándome si seguía con la misma alergia.
Mauricio queriendo saber qué documentos faltaban.
Beatriz insistiendo en encargarse personalmente del menú.
Y esa frase de la mañana: “Hoy te convertirás de verdad en una de nosotros”.
Mi teléfono vibró.
Mauricio: “¿Dónde estás? Estoy preocupado.”
Luego otro mensaje.
“Contéstame, por favor. Me estás asustando.”
No respondí.
—Llama a la Fiscalía —le dije a Diego.
Él ya tenía preparado el número.
Mientras hablaba, yo hice lo único que podía impedir que el miedo me destruyera: ordenar hechos.
Había una tableta en mi habitación. Había un video. Había un plato todavía en el salón. Había cámaras en el restaurante. Había un mesero. Había una consulta legal de Mauricio.
Y había algo más.
—Diego —dije—, ¿por qué estabas vigilando la cocina justo cuando sirvieron mi plato?
Me miró.
—Porque vi a Mauricio hablar con ese mesero antes de la ceremonia.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Qué viste?
—No escuché la conversación. Pero le dio un sobre.
Diego había fotografiado ese momento desde lejos. En la imagen se veía a Mauricio junto al pasillo de servicio, estrechando la mano del joven. Entre ambos había un sobre color crema.
Diego siguió:
—Por eso fui al bar durante el plato fuerte. Quería tener vista hacia la cocina.
Yo seguía buscando una explicación que no destruyera mi vida.
—Tal vez era una propina.
—Tal vez.
Pero ninguno de los dos lo creía ya.
Una patrulla sin sirena entró al estacionamiento. Dos agentes y una mujer de civil hablaron con Diego. Otro investigador entró al restaurante por una puerta lateral para evitar que alguien retirara el plato.
Mi celular volvió a sonar.
Esta vez era Beatriz.
No contesté.
Unos minutos después salió un agente con una bolsa de evidencia. Dentro estaba mi plato.
Después salió el mesero. Lloraba.
Luego vi a Mauricio aparecer en la puerta. Buscó desesperadamente entre los coches hasta encontrarme. Dio un paso hacia nosotros, pero una agente le pidió que se quedara donde estaba.
Y entonces ocurrió algo que terminó de romper mi última duda.
Beatriz salió detrás de él y gritó:
—¡Mauricio, no digas nada hasta que llegue el abogado!