Chia: el súper alimento que reduce el colesterol, regula el azúcar en la sangre y ayuda en la pérdida de p

Abrí la pantalla.

Valeria me había mandado una foto desde el asiento trasero de la camioneta. Sonreía pegada a Rodrigo, levantando dos dedos frente a la cámara. Él manejaba, serio, elegante, con la corbata que yo misma había planchado esa tarde.

Abajo escribió:

“Esta noche todos van a saber quién debería estar a su lado. Tú disfruta tu casa vacía.”

Miré la pantalla durante varios segundos.

No lloré.

Abrí el último cajón de mi tocador y saqué una cajita de terciopelo verde. Dentro había una tarjeta SIM que no usaba desde hacía tres años, desde el día en que salí de la casa de mi padre jurando que jamás volvería.

La coloqué en mi teléfono.

Solo había un contacto guardado.

Papá.

Mi dedo tembló al marcar.

Sonó una vez.

Dos.

Tres.

“¿Mariana?” respondió una voz grave, quebrada por la sorpresa.

Se me cerró la garganta.

“Papá… quiero volver a casa.”

Hubo un silencio largo, tan largo que escuché la lluvia golpear los cristales.

Después, don Aurelio Alcázar, uno de los empresarios más poderosos de México, habló con una emoción que jamás le había oído.

“Hija… voy por ti.”

En ese momento entendí que esa noche no iba a terminar con una esposa humillada llorando frente al espejo.

Iba a terminar con una verdad capaz de incendiar todo el salón.

Y nadie podía creer lo que estaba a punto de pasar…

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