Ser padre viudo y cirujano en un hospital metropolitano te obliga a vivir con una culpa constante.
Desde que mi esposa falleció en un accidente de tránsito tres años atrás, mi rutina se convirtió en una carrera contra el reloj: guardias de veinticuatro horas en quirófano, emergencias a mitad de la madrugada y la angustia permanente de saber que mis dos pequeños, Mateo y Sofía, crecían prácticamente al cuidado del personal doméstico.
Por esa razón contraté a Marta.
Tenía treinta años, vestía siempre un uniforme impecable de falda azul y delantal blanco, hablaba con un tono pausado y traía cartas de recomendación intachables de agencias internacionales. Durante los primeros seis meses, la casa parecía funcionar como un reloj suizo: los uniformes escolares limpios, las cenas calientes a tiempo y las tareas revisadas.
Sin embargo, a principios de otoño, el comportamiento de mis hijos se resquebrajó de una manera sutil pero perturbadora.