PARTE 1
—Papá… me duele mucho la espalda. Mamá dijo que no te contara porque ibas a hacer un desastre.
Yo llevaba menos de quince minutos en casa.
La maleta seguía junto a la puerta y ni siquiera me había quitado los zapatos después del vuelo de Monterrey a Querétaro. Esperaba que Sofía, mi hija de ocho años, apareciera corriendo como siempre para revisar si le había traído algún dulce del aeropuerto.
Pero la casa estaba demasiado callada.
La encontré detrás de la puerta de su habitación, en pijama, abrazándose el estómago.
—¿Qué pasó, chaparrita?
Bajó la mirada.
—Prométeme que no vas a gritar.
Aquello me alarmó más que cualquier llanto.
Me llamo Javier Salgado, tengo treinta y nueve años y dirijo una pequeña empresa de mantenimiento industrial. Mi trabajo me obliga a viajar dos o tres veces al mes. Nunca me había gustado dejar a Sofía, pero hasta esa noche creía que estaba segura con Mariana, mi esposa.