Lo estaba haciendo.
—Sofía, enséñame tu espalda.
Tardó varios segundos en obedecer.
Cuando levantó la camiseta, se me secó la boca.
Tenía un moretón amplio, oscuro, atravesándole un costado de la zona lumbar.
Respiré lentamente.
—Nos vamos al hospital.
Se volvió de golpe.
—¡No!
—Necesitas que te revise un médico.
—Mamá dijo que me pueden separar de ustedes.
—Mírame.
Le tomé la mano.
—Decir que algo te duele nunca va a hacer que yo te abandone.
En ese momento escuchamos la puerta principal.
Mariana apareció cargando dos bolsas del supermercado. Al verme junto a Sofía, se quedó inmóvil.
—Llegaste temprano.
—Cambié el vuelo.
Sus ojos fueron directamente hacia nuestra hija.
Sofía bajó la camiseta.
No necesité más.
—¿Qué pasó ayer?
Mariana dejó las bolsas en la cocina.
—¿Con qué?
—Con Sofía.
—Se golpeó.
—Ella dice que la empujaste.
Su expresión cambió.
—Estaba haciendo un berrinche, Javier.
—Tiene un moretón enorme.
—Porque chocó contra la puerta.
—Después de que tú la empujaras.
—No fue como lo está contando.
Sofía apretó mi mano.
Mariana lo vio.
—Los niños exageran cuando están asustados.
—Por eso la va a revisar un médico.
Fui por una chamarra.
Mariana se colocó frente a la entrada.
—No la lleves.
La miré.
—Quítate.
—Javier, piensa. Si llegas a urgencias diciendo que su mamá la empujó, van a llamar a Trabajo Social. Van a hacer preguntas. Van a meterse en nuestra familia.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendes.
—Explícame.
Abrió la boca, pero miró primero a Sofía.
Ese gesto me confirmó que ocultaba algo.
—Fue un accidente.
—¿Por qué le dijiste que no me contara?
No respondió.
Me llevé a Sofía.
En urgencias, una doctora la examinó y solicitó radiografías. Mientras esperábamos, Sofía no soltó mi mano.
La doctora regresó cuarenta minutos después.
—Señor Salgado, el golpe reciente parece una contusión fuerte. Por fortuna no vemos lesión vertebral aguda.
Casi pude respirar.
Pero ella no había terminado.
—Hay otra cosa.
Giró el monitor.
—Aquí se observa una fractura antigua en una costilla posterior. Ya está consolidando.
La miré sin entender.
—¿Antigua de cuánto tiempo?
—Probablemente entre cuatro y seis semanas.
Entonces recordé una noche de principios de agosto.
Sofía había amanecido adolorida después de, según Mariana, resbalar en las escaleras.