“Mi mejor amiga de 37 años me pidió que nos tomáramos una ÚLTIMA foto juntas durante las vacaciones, como amigas. Cuando le pregunté por qué decía ‘última’, sonrió y respondió: ‘Porque mañana descubrirás quién soy realmente…’”

Me puse de pie y abrí la puerta de la habitación del hotel.

Susan entendió.

Ella también se levantó.

Cuando llegó al umbral, se dio la vuelta.

—Ayer dije que sería nuestra última foto como amigas porque sabía que, después de hoy, nunca volverías a llamarme amiga.

La miré.

Treinta y siete años de recuerdos pasaron por mi mente.

Dos niñas pequeñas en el patio de una escuela.

Nuestro primer baile escolar.

Mi boda.

El nacimiento de mis hijos.

El funeral de mi madre.

La última noche de Michael en el hospital.

Y Susan estaba presente en cada uno de aquellos recuerdos.

Pero ahora cada recuerdo parecía tener dos versiones diferentes.

La que yo había conocido.

Y la que realmente había ocurrido.

Solo dije una cosa:

—Tenías razón. Esa fue nuestra última foto.

Se marchó.

Han pasado seis meses desde aquel día.

No hemos vuelto a hablar.

Me ha enviado dos cartas.

No he respondido ninguna.

Pero lo más extraño es que todavía no he borrado nuestra última foto.

A veces la abro y me quedo mirando durante mucho tiempo nuestros rostros sonrientes.

En aquella imagen, yo sigo siendo la mujer que cree que la persona que está sentada a su lado es la amiga más leal que ha tenido en toda su vida.

Y Susan ya sabe que, apenas unas horas después, toda esa vida va a cambiar.

A veces la gente me pregunta si algún día podré perdonarla.

Todavía no tengo una respuesta.

Porque la traición no consiste únicamente en descubrir que tu mejor amiga tuvo una aventura con tu marido.

Para mí, la parte más dolorosa fue otra.

Durante doce años, todos y cada uno de los días, ambos tuvieron la oportunidad de decirme la verdad.

Y todos y cada uno de esos días, los dos eligieron guardar silencio.

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