PARTE 2
Alejandro recordó de inmediato la vieja bodega subterránea que su abuelo había construido décadas atrás para guardar costales de maíz y frascos de conserva durante la temporada de lluvias. La entrada estaba detrás de una alacena pesada en la cocina. Cuando era niño bajaba allí con su padre. Pero llevaba años sin pensar en aquel lugar. Empujó cuidadosamente el mueble. La puerta seguía allí. Lo extraño era la cerradura. Era nueva. Alejandro intentó abrirla, pero estaba asegurada. Regresó a su habitación antes de que Verónica despertara. A la mañana siguiente desayunó con ella fingiendo normalidad. —Voy al banco de Actopan —dijo Verónica mientras tomaba las llaves del coche—. Regreso en un par de horas. Alejandro esperó hasta verla desaparecer por el camino. Después comenzó a buscar. Recordaba que su padre escondía copias de ciertas llaves dentro de una lata de café en el cobertizo. La encontró detrás de unas herramientas viejas. Dentro había cuatro llaves oxidadas. Una logró abrir el mecanismo antiguo de la puerta. Cuando empujó la madera, una corriente de aire húmedo le golpeó el rostro. Encendió la linterna del celular. —¿Papá? Silencio. Bajó. —¿Mamá? Entonces escuchó una respiración. Al fondo del sótano habían colocado una división de barrotes metálicos y un candado. Detrás, sobre un colchón delgado, había dos personas cubiertas con cobijas. Alejandro dejó caer el teléfono. —¡Mamá! Doña Teresa levantó lentamente la cabeza. Tardó varios segundos en reconocerlo. —¿Alejandro? Él corrió hacia las rejas. Su madre estaba extremadamente delgada. Don Joaquín apenas podía incorporarse. Alejandro tomó la mano de Teresa a través de los barrotes. —¿Quién les hizo esto? Su padre cerró los ojos. —Tu hermana. Durante casi cuatro meses Verónica los había mantenido encerrados. Todo comenzó después de regresar de Querétaro, donde había fracasado un negocio de ropa y acumulado deudas que superaban el millón de pesos. Al principio dijo que había regresado para cuidar a sus padres. Luego comenzó a administrar el dinero que Alejandro enviaba. Después convenció a don Joaquín de firmar un poder argumentando que era necesario para hacer trámites médicos y bancarios. Cuando los ancianos descubrieron que Verónica estaba retirando grandes cantidades y quisieron cancelarlo, empezaron las amenazas. La situación explotó cuando ella intentó convencerlos de firmar la venta de la casa y cuatro hectáreas heredadas del abuelo. Don Joaquín se negó. Dos noches después Verónica los encerró. —Nos decía que nadie preguntaba por nosotros —susurró doña Teresa—. Que tú estabas demasiado ocupado para venir. Alejandro sintió que aquellas palabras lo atravesaban. Porque había algo dolorosamente cierto. Él no había venido. Había enviado dinero creyendo que eso bastaba. —Los voy a sacar ahora mismo. Comenzó a probar las llaves antiguas en el candado. Ninguna funcionaba. —Verónica tiene la llave —dijo su padre—. Y, Alejandro… ten cuidado. Ya no sabemos hasta dónde puede llegar. En ese instante escucharon pasos arriba. Luego el ruido de la puerta de la cocina. Alejandro se incorporó. —¿Alejandro? —gritó Verónica desde arriba. Silencio. Los pasos comenzaron a bajar. Tac. Tac. Tac. Hasta que Verónica apareció en el último escalón. Llevaba el bolso colgado del hombro y el manojo de llaves apretado en una mano. Su rostro ya no mostraba sorpresa. Solo furia. —Te dije que no bajaras aquí. Alejandro se colocó delante de sus padres. —Abre la reja. —No sabes lo que estás haciendo. —Abre. Verónica soltó una risa amarga. —Claro. Llegas después de doce años y ahora quieres jugar al hijo perfecto. —Esto no tiene nada que ver conmigo. Mira cómo están. —¡Todo tiene que ver contigo! —gritó ella—. Tú eras el exitoso. Tú eras el orgullo. Yo regresé quebrada y nadie preguntó qué necesitaba. Alejandro señaló a sus padres. —¿Y por eso los encerraste? Los ojos de Verónica se llenaron de lágrimas. —Necesitaba vender. —¿Vender qué? Ella guardó silencio. Alejandro sintió un presentimiento terrible. —Verónica, ¿qué hiciste? Su hermana apretó las llaves. —La casa ya tiene comprador. Don Joaquín levantó la cabeza. —¿Qué? —La operación se firma el dos de enero —admitió ella—. Ya recibí un adelanto. Alejandro comprendió entonces que el encierro no había sido un arrebato. Había sido parte de un plan. —¿Firmó mi papá? Verónica no respondió. No hacía falta. Alejandro entendió. —Falsificaste su firma. Ella retrocedió un paso. Y antes de que pudiera decir algo más, Alejandro vio sobresaliendo del bolso de su hermana una carpeta notarial que podía demostrar algo todavía peor. Lo que contenían aquellos documentos cambiaría para siempre el destino de toda la familia.