Jacinta dejó el relicario sobre la mesa como si quemara

Lucía no quería otra boda organizada para satisfacer a todo el pueblo.

Invitamos únicamente a las personas que habían estado cerca durante los meses difíciles.

Jacinta ocupó la última banca de la iglesia.

El padre Esteban ofició la ceremonia.

Mi madre lloró desde antes de que comenzara.

Lucía mandó hacer un vestido sencillo.

De su primer vestido, aquel que había quedado roto y lleno de lodo en el bosque, rescató una pequeña pieza de encaje.

La costurera la colocó en una de las mangas.

—¿No te trae malos recuerdos? —le pregunté.

Lucía acarició el encaje.

—No quiero borrar a la mujer que sobrevivió aquella noche. Quiero llevarla conmigo.

Cuando llegó el momento de colocarle el anillo, mis manos temblaron.

Lucía sonrió.

—¿Estás nervioso?

—La primera vez que intenté casarme contigo desapareciste.

Me dio un pequeño golpe en el brazo.

—No desaparecí. Ya sabes eso.

—Lo sé.

Y después dije las dos palabras que habían cambiado nuestra historia meses atrás.

—Te creo.

Lucía dejó de sonreír por un instante.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Por eso estoy aquí.

Al año siguiente nació nuestra hija.

Mi madre quiso llamarla Elena.

Lucía aceptó.

Cuando Carmen sostuvo a la niña por primera vez, lloró tanto que Jacinta bromeó diciendo que iba a inundar la casa antes de que llegaran las lluvias.

Nuestra vida nunca volvió a ser exactamente tranquila.

Las vidas reales no funcionan así.

Hubo problemas en el molino.

Años malos para la manzana.

Clientes que dejaron de pagarme.

Discusiones por dinero.

Noches en las que Lucía despertaba después de soñar que seguía encerrada en aquella bodega.

Algunas veces yo intentaba abrazarla y ella necesitaba espacio.

Aprendí a no tomarlo como rechazo.

Ella aprendió a decirme cuando tenía miedo.

Nos tomó mucho tiempo entender que sobrevivir a algo no significa dejar de sentirlo al día siguiente.

Un otoño, exactamente un año después del día en que la encontré, Lucía me pidió caminar por el sendero del bosque.

Llevábamos a nuestra hija envuelta contra su pecho.

Llegamos hasta el viejo pino.

Lucía se quedó inmóvil varios minutos.

Yo no dije nada.

Finalmente sacó de una bolsa unas flores secas del jardín de nuestra casa y las dejó junto a las raíces.

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