Mi padre ya estaba ahí con mi madre, Fernanda y dos abogados.
Ricardo sonrió al verme.
—Pensé que habías entendido la advertencia.
No contesté.
Don Arturo Salgado colocó varios documentos sobre la mesa y comenzó a leer.
Mi abuela había dispuesto que la Posada Miramar, sus terrenos costeros y los derechos relacionados con la propiedad quedaran protegidos dentro de una estructura patrimonial que impedía venderlos de inmediato.
Mi padre dejó de sonreír.
Entonces llegó la frase que cambió todo.
La única beneficiaria designada era yo.
Alicia Ramírez.
Dieciocho años.
Mi madre soltó un jadeo.
Fernanda dejó caer el celular.
Mi padre se puso de pie.
—¡Eso es falso!
Uno de sus abogados intentó tranquilizarlo.
—Ricardo, siéntate.
—¡Mi madre jamás habría hecho esto!
Don Arturo permaneció inmóvil.
—El documento fue firmado cuatro meses antes de su fallecimiento y formalizado correctamente.
Mientras los abogados discutían, escuché algo que no debía escuchar.
Uno de ellos se inclinó hacia mi padre.
—Los inversionistas vienen mañana. Sin el terreno no podemos cerrar la operación.
Entonces entendí.
Ricardo ya había negociado con desarrolladores la futura venta de la propiedad. Querían demoler la vieja posada, construir condominios turísticos y abrir un complejo privado frente al mar.
Necesitaba ese dinero para cubrir las deudas de su empresa.
El funeral no había sido sólo una oportunidad para impresionar banqueros.
Era parte de una operación comercial.
Antes de salir, don Arturo puso en mi mano la brújula de Elena.
Papá me interceptó en el pasillo.
—No sabes lo que estás haciendo. Esa propiedad te va a destruir.
Horas después cumplió su amenaza.
Canceló el dinero con el que pagaba mi renta, mis materiales y mis gastos universitarios.
Peor aún: sus abogados impugnaron el testamento alegando que yo había manipulado a mi abuela cuando supuestamente sufría deterioro mental.
Los bienes quedaron bloqueados mientras el conflicto se resolvía.
Yo era heredera de una propiedad valuada en millones de pesos y no tenía suficiente dinero para pagar el siguiente mes de renta.
Busqué trabajo.
Conseguí un turno nocturno en una empacadora de pescado del puerto.
Durante meses estudié de día y trabajé de noche. Regresaba oliendo a salmuera y pescado, dormía cuatro horas y volvía a clases.
Mi padre, mientras tanto, comenzó a decir por todo Ensenada que yo había engañado a una anciana enferma.