Cuando vio los papeles, don Arturo cerró lentamente la carpeta.
—Tu padre no sólo está tratando de quitarte la herencia. Puede haber falsificado la firma de su propia madre para conseguir un crédito.
Sentí náuseas.
Todavía era mi padre.
El mismo hombre que me había enseñado a andar en bicicleta.
El que me compraba pan dulce los domingos cuando era niña.
Durante años había querido creer que su dureza era simplemente una forma equivocada de querer.
Pero había una diferencia enorme entre ser un hombre difícil y convertir a toda tu familia en herramientas para sostener tu ambición.
Los siguientes meses fueron los más duros de mi vida.
El proceso no desapareció mágicamente por haber encontrado la evidencia.
Seguí trabajando de noche.
Seguí estudiando.
Algunos días me dormía sobre los libros.
Una mañana me quedé en blanco durante una evaluación sobre conservación de ecosistemas costeros.
El profesor Javier Morales esperó hasta que todos salieran.
Miró mi hoja casi vacía.
—No sé qué te está pasando, Alicia, y no necesito saberlo. Pero la estudiante que llegó a mi clase en agosto no era ésta.
Creí que me reprobaría.
Sacó otra hoja.
—Tienes cuarenta y ocho horas. Entrégame un proyecto serio sobre el impacto de la urbanización turística en ecosistemas costeros. Si no puedes hacerlo, repruebas. No te estoy regalando nada.
Esas cuarenta y ocho horas cambiaron otra parte de mi vida.
Escribí sobre dunas, zonas de anidación, erosión, contaminación y presión inmobiliaria en la costa de Baja California.
Y mientras investigaba comprendí algo que mi abuela probablemente ya sabía.
La posada no tenía que convertirse en condominios para sobrevivir.
Podía tener otro futuro.
Ocho meses después del funeral llegó la audiencia decisiva.
Mi padre apareció impecable, con traje azul oscuro y un abogado de Tijuana especializado en sucesiones.
Yo llevaba un saco usado que había comprado por internet.
Ricardo me observó como si ya hubiera ganado.
Su abogado presentó a un médico que afirmó que Elena había sufrido deterioro cognitivo en su último año.
Entonces don Arturo se levantó.
Primero entregó la evaluación independiente hecha tres semanas antes de la muerte.
Después presentó la grabación.
La voz de mi abuela llenó la sala.