No contesté.
—Y el día del funeral… debí sacarte de ese coche.
—Sí.
Fernanda lloró.
—Tenía miedo de que se volviera contra mí.
—Y por evitar convertirte en su siguiente víctima, decidiste ayudarlo a mantenerme a mí en ese lugar.
No intentó defenderse.
Eso fue lo primero que me permitió creer que quizá algún día podríamos reconstruir algo.
No volvimos a ser hermanas de la noche a la mañana.
Pero empezó a llamar.
Empezó a escuchar.
Mi madre tardó mucho más.
Nunca llegó una disculpa limpia. Siempre aparecía acompañada de un “pero tu papá…” o un “todos estábamos pasando por mucho…”.
Aprendí que perdonar, cuando uno decide hacerlo, no significa devolverle a alguien las mismas llaves con las que te encerró.
La Posada Miramar sobrevivió.
Dos años después, parte del edificio funcionaba como alojamiento para investigadores, estudiantes y grupos de educación ambiental.
Conservamos habitaciones para