—Te salvé de perderlo todo —dijo don Ernesto—. Y con parte de ese dinero operamos a tu madre. Nunca fue una herencia legalmente tuya.
—Era mío —insistió Javier—. Siempre fue mío.
—Aunque así fuera —intervino Lucía—, eso no te daba derecho a falsificar firmas, desviar transferencias ni poner en garantía una casa ajena.
Karla se volvió hacia su esposo.
—Me dijiste que el dinero venía de una inversión familiar.
Javier guardó silencio.
Gabriel extendió sobre la mesa los estados de cuenta. Había pagos de tarjetas, mensualidades de una camioneta, viajes, restaurantes y depósitos a una empresa llamada JM Consultores.
Diego reconoció el nombre.
—Esa empresa no existe. Javier la registró hace años con un domicilio donde antes había una bodega.
Lucía anotó el dato.
—Entonces pudo usarla para dispersar el dinero.
Javier comenzó a caminar por la sala.
—Al principio solo tomé 80,000 pesos. Tenía una deuda y pensaba devolverlos. Después llegaron otros 35,000, y otros 35,000. Gabriel ganaba más de lo que necesitaba. Ustedes ni siquiera sabían usar una tarjeta. Yo resolvía todo.
Doña Teresa lo miró como si no reconociera al hombre frente a ella.
—¿Resolver? Tu padre pasó 2 inviernos sin calefacción. Yo dejé de comprar mis medicinas. ¿Eso era resolver?
—Yo les llevaba comida.
—Nos llevabas bolsas cuando sabías que tu hermano venía —respondió ella—. El resto del tiempo nos decías que Gabriel estaba arruinado y que debíamos ahorrar para no ser una carga.
Javier bajó la mirada por primera vez.
Gabriel sintió que la rabia que había contenido desde su llegada se mezclaba con algo más doloroso. No era solo el dinero. Eran los cumpleaños perdidos, las llamadas que nunca se contestaron, las visitas que sus padres no hicieron porque creían que él no podía recibirlos.
—Me robaste casi 10 años con ellos —dijo—. Eso no puedes devolverlo.
Karla comenzó a llorar. Confesó que Javier había comprado un departamento en Querétaro y que mantenía otra cuenta a nombre de JM Consultores. Afirmó que nunca conoció el origen real del dinero, pero aceptó entregar los documentos que tenía en casa.
Javier la miró con furia.
—¿También tú vas a traicionarme?
—No —respondió ella—. Estoy dejando de encubrirte.
El representante de la financiera recogió su carpeta.
—Con una denuncia por falsificación y fraude, el procedimiento sobre la casa tendrá que suspenderse mientras se revisa el expediente. Mi empresa también presentará su propia querella.