A las 2 de la madrugada tomé el teléfono de mi hija de 15 años y vi un mensaje de un hombre adulto: “Mándame una foto, cariño”. Pero unos segundos después llegó otro mensaje… y entonces comprendí que mi hija estaba en mucho más peligro de lo que jamás había imaginado

Más tarde comenzó a decirle que los padres no siempre comprendían a los adolescentes y que podía confiar en él porque jamás la juzgaría.

Mientras Sarah hablaba, comprendí que aquel hombre había pasado semanas construyendo deliberadamente su confianza.

—¿Cuándo empezó a pedirte fotos? —pregunté.

Sarah bajó la mirada.

—Hace unas semanas.

—¿Por qué se las enviaste?

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

—Al principio no quería. Pero él dijo que, si realmente confiaba en él, no tenía nada que temer.

Entonces confesó algo todavía peor.

—Me dijo que, si dejaba de hablar con él, podía enseñarle a otras personas lo que yo le había enviado.

En aquel momento ya no veía delante de mí a una adolescente que había roto las reglas.

Veía a una chica asustada que había quedado atrapada en una situación de la que no sabía cómo escapar.

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