A las 2 de la madrugada tomé el teléfono de mi hija de 15 años y vi un mensaje de un hombre adulto: “Mándame una foto, cariño”. Pero unos segundos después llegó otro mensaje… y entonces comprendí que mi hija estaba en mucho más peligro de lo que jamás había imaginado

—¿También te pidió que te reunieras con él?

Sarah guardó silencio.

—Sarah, por favor. Cuéntamelo todo.

Finalmente me miró.

—Íbamos a encontrarnos mañana.

Durante unos segundos no pude decir una sola palabra.

Ahora entendía perfectamente el mensaje.

—¿Dónde?

—No lo sé. Dijo que mañana me diría el lugar.

Tomé sus dos manos entre las mías.

—Escúchame. No vas a enviarle nada más y no vas a reunirte con él. Vamos a solucionar esto juntas.

Sarah me miró como si hubiera esperado una reacción completamente diferente.

Guardamos los mensajes y toda la información que podía ayudar a entender lo ocurrido. Después interrumpimos el contacto y bloqueamos la cuenta.

Más tarde, Sarah me preguntó en voz baja:

—Mamá, ¿estás muy enfadada conmigo?

Me senté a su lado.

—Estoy enfadada por lo que ha ocurrido, pero contigo estoy más preocupada que enfadada.

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