A los 56 años, mi marido me dejó por una mujer de 28 y le entregó todo lo que teníamos. La llamó su segunda oportunidad para ser feliz. Seis meses después, apareció en mi puerta llorando y suplicándome que lo salvara…

Pero sí sabía que Javier había olvidado algo importante.

Veinte años antes, cuando su primer negocio se vino abajo, mi padre nos había ayudado a comprar nuestra casa familiar.

Había insistido en que mi parte quedara protegida legalmente.

Durante años, Javier había dicho que aquel acuerdo era innecesario.

Ahora era la única razón por la que yo tenía dinero suficiente para empezar de nuevo.

Seis meses después de la boda, sonó mi teléfono.

Era Lucía.

«Mamá, papá está metido en un buen lío».

Cerré los ojos.

«¿Qué ha pasado?».

«Vanessa ha desaparecido».

Al principio, pensé que quería decir que Vanessa lo había abandonado.

Pero la verdad era mucho peor.

Javier había transferido casi todo el dinero que le quedaba a una cuenta de inversión controlada por Vanessa.

Ella le había prometido beneficios enormes mediante una oportunidad de negocio en la que participaría uno de sus familiares.

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