Camila salió a la puerta. «Buen viaje, Marta», dijo al final. «Gracias, Camila». No hubo grandes reconciliaciones. Y me pareció bien: algunas heridas necesitan tiempo.
En mi nuevo departamento descubrí lo que significa despertar sin sentir que le debes tu tiempo a alguien. Compré macetas para la terraza, me inscribí en cerámica, entré a un club de lectura. Los jueves tomaba café con una amiga. Los viernes iba al mercado a comprar flores. Nadie me llamaba para preguntar dónde estaba.
Los domingos acordados venían mis nietos. Íbamos a la feria de artesanías, comíamos algo rico y volvíamos a mi departamento a pintar. Tomás plantó sus primeros tomates en una maceta; Sofía me ayudó a decorar platitos de cerámica. Por primera vez, nuestros encuentros no dependían de que sus padres necesitaran dejarlos a mi cuidado: eran días que elegíamos pasar juntos.