Esa noche lloré. No porque lamentara irme, sino porque acepté una verdad difícil: mi hijo me quería, pero se había acostumbrado tanto a mis sacrificios que dejó de verlos.
La despedida y lo que vino después
A la mañana siguiente, Sofía golpeó mi puerta con su pijama de corazones. «Abuela, ¿es verdad que te mudas?». Me agaché frente a ella. «Sí, mi amor. Quiero vivir cerca de ustedes, pero también tener mi propia casa». Me abrazó. «¿Seguiremos haciendo galletas?». «Claro. Y pintaremos, y pasearemos, y tomaremos chocolate caliente».
El día de la mudanza, Tomás me regaló un dibujo: una casita amarilla, dos árboles y tres personas de la mano. «Somos tú, Sofía y yo. Para que no te olvides». Casi me quiebro. Gonzalo se acercó a mi coche: «Mamá, intenté organizar todo lo que hacías tú y no pude. No me di cuenta de cuánto dabas». Me abrazó. Fue un abrazo distinto, el primero en mucho tiempo que no me pedía un favor.