Bebí un poco más y después dejé la taza sobre la mesa.
Quedaba la mitad.
Y sonreí.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía que terminarla. Podía beberla, dejarla o tirarla.
La decisión me pertenecía únicamente a mí.
Porque el amor verdadero no consiste en ejercer el control disfrazándolo de protección. Consiste en la honestidad, el respeto y la libertad de tomar tus propias decisiones.