Imagen con fines ilustrativos | Foto: Pexels
Después del trabajo, me detuve en la panadería y compré aquel pastel de crema y frutillas que tanto le gustaba a Ben. Pensé que esa noche nos sentaríamos juntos.
Eran casi las seis cuando llegué a casa. El sol comenzaba a ocultarse, arrojando una luz dorada sobre el porche. Subí los escalones y busqué el pomo de la puerta.
Estaba cerrada.
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Probé con la llave. No encajaba. Me volví, desconcertada… y entonces los vi. Dos maletas. Las mías. Perfectamente alineadas junto a la puerta principal, como si estuvieran facturando un vuelo.
Había una nota adhesiva amarilla en una de las asas. Me senté en el porche y la despegué con dedos temblorosos.
“Gracias por todo. Es hora de que descanses. Tu habitación en el centro de mayores está paga para un año. El dinero para el taxi está en el sobre. Thomas cree que esto es IDEA TUYA. Así que si quieres volver a ver a los niños, sigue MI PLAN. Delia”.
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