Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

PARTE 1

—Tus maletas ya están en la cajuela. Mañana, cuando salgas del hospital con el bebé, Mauricio te llevará a casa de tus padres. Él necesita descansar al menos tres meses.

Mariana tardó varios segundos en entender que su suegra hablaba en serio.

Seguía sentada en la cama del hospital, todavía adolorida por el parto, mientras miraba a su hijo dormir dentro de la pequeña cuna transparente. Del otro lado del teléfono, Teresa continuaba hablando con la seguridad de quien ya había tomado una decisión por toda la familia.

—Los primeros meses son los peores. El niño va a llorar de madrugada, tú vas a estar cansada, de malas… y Mauricio tiene demasiada presión en el trabajo. Si no duerme, ¿quién va a mantenerlos?

Mariana apretó los labios.

—¿Y yo?

—Tú puedes quedarte con tu mamá. Ella sabe cuidar bebés, puede hacerte caldo, ayudarte a bañarlo. Mientras tanto, mi hijo se queda tranquilo en el departamento y pone todo en orden.

Aquella última frase casi hizo reír a Mariana.

El departamento donde ella y Mauricio vivían desde hacía dos años no pertenecía a Mauricio.

Ni siquiera pertenecía a ambos.

Era propiedad de Rafael, el padre de Mariana, quien lo había comprado años atrás como inversión y se los había prestado mientras ahorraban para formar su patrimonio. No les cobraba renta. Solo les había pedido hacerse responsables del mantenimiento y los servicios.

Mauricio, sin embargo, se había acostumbrado demasiado rápido a llamarlo “mi casa”.

Y ahora su madre acababa de decidir que Mariana, recién salida de maternidad y con un recién nacido en brazos, debía abandonar el lugar para que su hijo descansara.

—Entiendo, Teresa —respondió Mariana con una calma que desconcertó a su suegra.

—Qué bueno que seas razonable.

Mariana colgó y, en lugar de llorar, llamó a su padre.

Rafael contestó desde su pequeño taller.

—¿Qué pasó, hija?

Mariana le contó todo.

Hubo cinco segundos de silencio.

—Entonces Mauricio quiere quedarse solo tres meses para “poner mi departamento en orden”.

—Eso dice.

Rafael soltó una risita.

—Excelente. No hay que quitarle las ganas de trabajar a un hombre.

Al día siguiente, Mauricio llegó al hospital con cinco rosas, una sonrisa enorme y un aspecto demasiado descansado para un padre primerizo.

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