—Hay algo que me da vergüenza admitir.
Ella esperó.
—Me gustaba que dependieras de mí.
Lucía no cambió de expresión.
—Sigue.
—Me hacía sentir necesario. Si tú no trabajabas, yo era el que traía el dinero. El que sabía cuánto había. El que decidía si podíamos gastar. Nunca lo llamé control porque no te prohibía salir ni te gritaba. Pero… me convenía.
Lucía sintió rabia, pero también una extraña calma.
Por fin estaba oyendo una verdad completa.
—Yo confundí dependencia con seguridad —dijo ella—. Pensaba que si tú pagabas todo era porque me cuidabas.
—Quería cuidarte.
—Y también querías que no pudiese marcharme fácilmente.
Álvaro bajó la cabeza.
—Sí.
La palabra fue dolorosa.
Pero limpia.
Lucía no le prometió que todo iría bien.
—Quiero ver si podemos construir algo distinto —dijo—. No quiero volver al matrimonio que teníamos.