Al llegar con mis hijos a casa de mi suegra, vi la mesa llena y a la mujer que ella siempre quiso para mi marido sentada con una copa. Entonces escuché: “Para ella y esos niños no tengo ni un trozo de pan.” No discutí; cogí a mis hijos y me fui. Horas después, un mensaje en el móvil de mi marido reveló que aquella humillación llevaba meses preparándose.

—Yo tampoco.

—Y si alguna vez vuelves a sentir “curiosidad” por otra mujer, no necesito enterarme cuando tu madre organice otra reunión.

Él sonrió con tristeza.

—No vas a dejar que olvide esa palabra.

—No.

Meses después, Lucía pasó a contrato indefinido y empezó a formarse en facturación. Con su 4.º sueldo abrió una cuenta de ahorro. No era una fortuna, pero cada cifra significaba algo que había olvidado: elección.

Un domingo de primavera, los 4 fueron a la playa de la Malvarrosa. Mateo construía una muralla de arena y Alba corría detrás de las gaviotas.

Álvaro y Lucía caminaban unos metros por detrás.

—Mi madre quiere invitarnos a comer el próximo sábado —dijo él.

Lucía lo miró.

—¿A los 4?

—A los 4.

—¿Y habrá pan?

Álvaro soltó una carcajada inesperada.

Lucía también.

No porque el recuerdo hubiera dejado de doler.

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