El abogado, Fernando Rivas, escuchó todo sin interrumpir.
Después examinó la agenda de Pilar, las cartas de Mercedes y la libreta de Julián.
—Tenemos indicios importantes, pero debemos ser prudentes —advirtió—. Una anotación antigua no demuestra por sí sola que se cometiera un asesinato. Necesitamos corroborar los testimonios y localizar el expediente original.
Clara estuvo de acuerdo.
Presentaron la documentación ante la Fiscalía de Salamanca y solicitaron que se investigaran las circunstancias de la muerte de Julián y la posible alteración de las diligencias originales.
Las primeras semanas fueron desesperantes.
Muchos archivos habían cambiado de ubicación. Varias personas relacionadas con el caso habían fallecido y parte de la documentación empresarial ya no existía.
Sin embargo, apareció una pista decisiva.
Un antiguo guardia civil llamado Eusebio Martín, de 83 años, conservaba copias de algunas anotaciones personales de aquella investigación.
Había trabajado en la zona cuando murió Julián.
Fernando consiguió localizarlo en una residencia de Ávila.
Eusebio recibió a Isabel y Clara en un pequeño salón.
Cuando escuchó el nombre de Julián Serrano, dejó de sonreír.
—Nunca olvidé aquel accidente.
Isabel se inclinó hacia él.
—¿Por qué?
—Porque no creí que hubiera sido accidental.
El anciano explicó que algunos trabajadores habían dado versiones contradictorias.
Uno aseguró haber visto a 2 desconocidos cerca de la zona de tala. Otro afirmó que alguien había manipulado las señales utilizadas para delimitar el área de trabajo.
Además, Julián había sido enviado a un sector distinto del que tenía asignado.
Eusebio quiso comprobar aquellas irregularidades.
Pero recibió instrucciones de cerrar el expediente.
—Me dijeron que no buscara problemas donde no los había.
—¿Y usted obedeció? —preguntó Isabel.
El anciano bajó la cabeza.
—Tenía una familia. Pensé que no podía arriesgarme.
Durante unos segundos nadie habló.
Después Eusebio sacó un sobre.
Dentro había copias de notas fechadas durante los días posteriores a la muerte de Julián.
—No son documentos suficientes para demostrarlo todo. Pero quizá ayuden a explicar por qué nunca se investigó como debía.
Isabel tomó aquel sobre con las manos temblorosas.
Por primera vez comprendió que su padre no había sido olvidado.
Varias personas habían sospechado la verdad.
Lo terrible era que todas habían tenido miedo de contarla.
Al volver del funeral de mi madre, descubrí que mi marido negociaba a mis espaldas la venta de su casa, mientras yo aún llevaba la ropa del entierro. «Tu madre está muerta, no va a enterarse», me soltó sin remordimientos. Cancelé la venta y llamé a mi abogada. Pero una vecina de 86 años me señaló el viejo pozo, donde apareció una caja con una advertencia escrita 3 días antes de la muerte de mi padre.