Mientras Clara y Fernando colaboraban con los investigadores, Arturo comenzó a llamar insistentemente.
Isabel no respondía.
Hasta que una tarde apareció en Candelario.
La encontró limpiando el patio.
—Tenemos que arreglar esto —anunció.
—No hay nada que arreglar.
—Llevamos 29 años casados. No puedes tirarlos por la borda porque estés alterada por lo de tu madre.
Isabel dejó la escoba.
—No estoy alterada, Arturo. Por primera vez en muchos años estoy pensando con claridad.
Él señaló la casa.
—¿Sabes lo que podríamos hacer con 230.000 euros?
—Sé lo que tú harías.
Arturo apretó los labios.
—Mis deudas son un problema de los 2.
—Las contrajiste sin decírmelo.
—Porque sabía cómo reaccionarías.
Isabel soltó una risa amarga.
—Mi madre murió y no quisiste acompañarme al entierro. Pero has venido desde Madrid para hablar del dinero de su casa.
—No mezcles las cosas.
—Eres tú quien las ha mezclado.
Arturo intentó acercarse.
—Isabel, necesitamos esa venta.
—Tú necesitas esa venta.
Su marido cambió de expresión.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte aquí jugando a descubrir conspiraciones de hace 45 años?
Isabel lo miró directamente.
—Voy a pedir el divorcio.
Arturo abrió la boca.
Ella no le permitió interrumpirla.
—Durante años pensé que aguantar era una forma de querer. Mi madre me enseñó a trabajar, a resistir y a cumplir mis promesas. Pero nunca me enseñó a aceptar que me humillaran.
—Te arrepentirás.
—Puede ser. Pero sería peor arrepentirme de seguir viviendo contigo.
Arturo salió dando un portazo.
Aquella noche, por primera vez desde que llegó al pueblo, Isabel durmió sin miedo al día siguiente.
Al volver del funeral de mi madre, descubrí que mi marido negociaba a mis espaldas la venta de su casa, mientras yo aún llevaba la ropa del entierro. «Tu madre está muerta, no va a enterarse», me soltó sin remordimientos. Cancelé la venta y llamé a mi abogada. Pero una vecina de 86 años me señaló el viejo pozo, donde apareció una caja con una advertencia escrita 3 días antes de la muerte de mi padre.