No lo necesitaba.
Lo que transformaba su presencia no era la ropa.
Era la forma en que caminaba sin pedir permiso.
Valeria habló de crecimiento y empresas familiares, hasta llegar a una idea que hizo que Diego bajara la mirada.
—Ningún negocio es sólido si necesita mentiras para sostenerse. Y ninguna relación, personal o profesional, puede sobrevivir cuando una parte cree que el respeto es un privilegio que puede retirar cuando le conviene.
No mencionó nombres.
No hacía falta.
Al terminar, varios empresarios se acercaron a saludarla.
Diego esperó hasta que quedó un espacio y avanzó.
—Valeria.
Javier se interpuso, pero ella levantó una mano.
—Está bien.
Diego la miró de arriba abajo. Parecía buscar a la mujer que había dejado arrodillada en el comedor.
No la encontró.
—Necesito hablar contigo.
—Habla.
—No aquí.
—Aquí está bien.
Graciela se acercó también.
—Hija, todos cometemos errores.