Valeria respiró hondo.
—Trae al doctor Cárdenas, si está en la ciudad. Y por favor… no vengas solo.
Cuando colgó, Graciela se rio hasta toser.
—¿El doctor Cárdenas? ¿El neurocirujano de los empresarios? Mija, ya hasta deliraste.
Diego cruzó los brazos.
—Ya basta, Valeria. Estás haciendo el ridículo.
Ella no respondió. Subió a la habitación, metió en una bolsa una fotografía de Teresa, sus documentos y dos cambios de ropa. No tomó joyas, porque casi ninguna era suya. Tampoco tocó los regalos que Diego le había echado en cara durante años.
Veinte minutos después, varios motores se detuvieron frente a la casa. Llegaron tres camionetas negras y una ambulancia privada. De la primera bajó Javier Salcedo con el director jurídico del Grupo Salcedo.
Diego palideció.
Lo conocía.
Todo empresario mediano de Guadalajara conocía a Javier Salcedo.
—Buenas noches —dijo Javier al entrar.