Lucía leyó aquella línea dos veces.
Después miró a Rogelio.
—¿Tú sabías?
Él bajó la cabeza.
—Yo no quería que te lastimaran.
—Pero sí querías casarte conmigo para quitarme mis tierras.
—Beatriz dijo que después te acostumbrarías.
Nunca olvidaré la expresión de Lucía.
No gritó.
No lloró.
Simplemente lo miró como si acabara de descubrir que un hombre podía perder toda dignidad sin caer muerto.
—Qué vida tan miserable debes tener para pensar que una mujer puede “acostumbrarse” a ser propiedad de alguien.
Rogelio intentó justificarse.
Tenía deudas.
Había perdido dinero apostando.
Beatriz le ofreció resolverlas si colaboraba.
Los hombres contratados para secuestrar a Lucía eran conocidos suyos de otro municipio.
Cuando la Fiscalía los localizó, ambos hablaron.
No por arrepentimiento.
Por miedo.
Cada uno intentó culpar al otro.
Pero los dos coincidieron en algo: Beatriz había organizado el plan.