—Ya hablaron sin saber nada.
—¿Y tú sí sabes?
Miré hacia el cuarto donde Lucía respiraba con dificultad.
—Sé que una mujer que huye por voluntad propia no termina amarrada en un bosque.
Al cuarto día llegó el padre Esteban.
No venía a juzgarnos.
Venía a advertirme.
—Mateo, casi todos los rumores sobre Lucía están saliendo del mismo lugar.
—¿De dónde?
El sacerdote bajó la voz.
—De la casa de su tía Beatriz.
Sentí un escalofrío.
Beatriz había criado a Lucía desde los quince años, cuando murió su madre. Siempre hablaba de ella como de una hija.
El sacerdote continuó:
—Fue la primera en decir que Lucía quería vender las tierras de su madre para irse con otro hombre. También anda diciendo que desde niña tiene “problemas de la cabeza”.
—Eso es mentira.
—Tal vez. Pero ten cuidado. Una mentira repetida muchas veces termina pareciendo recuerdo.