—Ve a denunciar —dije.
Jacinta negó con la cabeza.
—¿Con qué pruebas? El relato de Lucía, unas marcas que desaparecerán y un relicario que cualquiera puede decir que ella llevaba desde antes.
Tenía razón.
Y Beatriz lo sabía.
Esa misma tarde llegó al pueblo vestida de negro, llorando frente a quien quisiera escucharla.
Decía que llevaba días buscando a su “pobre niña”.
Afirmaba que Lucía había escapado con un comerciante.
Que probablemente aquel hombre la había golpeado y abandonado.
—Yo la perdono —repetía—. No importa lo que haya hecho. Sólo quiero llevármela a casa.
En menos de dos horas, medio pueblo estaba de su lado.
Cometí entonces un error.
Fui a enfrentarla a la cantina de don Armando.
—Encontré a Lucía amarrada —dije delante del comisariado y una docena de vecinos—. Y ella dice que tú ordenaste que la secuestraran.