Creí que la mujer con la que estaba a punto de casarme me había traicionado, hasta que la encontré agonizando en medio del bosque, todavía con el vestido de novia que llevaba tres días antes. Sus primeras palabras me dejaron helado: “No me lleves con mi familia… fueron ellos quienes me encerraron”. No discutí con nadie; simplemente llevé un misterioso medallón a una anciana para preguntarle por él… y ella terminó revelándome una muerte que había permanecido oculta durante casi treinta años.

—Ve a denunciar —dije.

Jacinta negó con la cabeza.

—¿Con qué pruebas? El relato de Lucía, unas marcas que desaparecerán y un relicario que cualquiera puede decir que ella llevaba desde antes.

Tenía razón.

Y Beatriz lo sabía.

Esa misma tarde llegó al pueblo vestida de negro, llorando frente a quien quisiera escucharla.

Decía que llevaba días buscando a su “pobre niña”.

Afirmaba que Lucía había escapado con un comerciante.

Que probablemente aquel hombre la había golpeado y abandonado.

—Yo la perdono —repetía—. No importa lo que haya hecho. Sólo quiero llevármela a casa.

En menos de dos horas, medio pueblo estaba de su lado.

Cometí entonces un error.

Fui a enfrentarla a la cantina de don Armando.

—Encontré a Lucía amarrada —dije delante del comisariado y una docena de vecinos—. Y ella dice que tú ordenaste que la secuestraran.

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