Creían tener toda una vida por delante hasta que la tragedia los golpeó.

Después del golpe brutal, la carretera volvió a quedarse en un silencio espeluznante, roto únicamente por el tamborileo incesante de la lluvia contra la lámina retorcida y el zumbido de un claxon que quedó pegado en medio de la oscuridad. La llamada a los servicios de emergencia entró a los pocos minutos gracias a otros automovilistas que se orillaron aterrorizados por el impacto, pero para cuando las sirenas de la Cruz Roja y las patrullas lograron abrirse paso entre el lodo y la tormenta, los paramédicos no tuvieron más remedio que apagar las torretas: el impacto lateral había sido devastador e instantáneo; ninguno de los dos presentaba signos vitales.

Apenas a una hora de distancia, en la casa familiar, las luces de la sala todavía estaban prendidas. La madre de ella terminaba de lavar los platos de la cena, tarareando bajito, mientras el padre guardaba las sillas plegables en el patio, comentando lo bien que los había visto a los dos y lo orgullosos que se sentían del camino que estaban forjando. Nadie esperaba nada fuera de lo común; tal vez un mensaje de texto con un simple «ya llegamos a la casa, buenas noches», de esos que se mandan por pura costumbre y tranquilidad.

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