Creían tener toda una vida por delante hasta que la tragedia los golpeó.

Pero el teléfono que sonó a la una y media de la madrugada no traía un mensaje de texto.

El timbrazo cortó el aire de la casa con un eco lúgubre que le erizó la piel a la madre antes de descolgar. Del otro lado de la línea, la voz pausada y solemne de un oficial de la policía federal preguntaba por los familiares directos de las víctimas registradas en la tarjeta de circulación. En cuestión de tres frases, el piso entero se desmoronó bajo sus pies: el teléfono cayó al piso, un grito desgarrador atravesó las paredes de la casa y el llanto incontrolable del padre se mezcló con el pánico de tener que marcarle a la otra familia para darles la noticia más ruinosa que unos padres pueden transmitirle a otros.

La madrugada se convirtió en un desfile fúnebre de caras desencajadas, pasillos fríos de hospital y salas de reconocimiento donde el aire faltaba por completo. Las dos familias, que apenas unas horas antes se abrazaban en la puerta entre risas, recomendaciones de abrigarse bien y promesas de verse el siguiente fin de semana, se encontraban ahora abrazadas en una banca de metal, empapadas por la lluvia y ahogadas en lágrimas que no alcanzaban a lavar la incredulidad del momento. No había consuelo en ninguna palabra, ni sentido en ninguna explicación; toda la ilusión de una boda planeada, las llaves de una casa que nunca se compró y la promesa de una vida entera quedaron reducidas a un par de mochilas entregadas en una bolsa de plástico por las autoridades.

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