También denunciamos lo ocurrido ante las autoridades correspondientes.
Las siguientes semanas no fueron fáciles.
Emily a veces lloraba sin saber por qué. Las voces fuertes la asustaban más que antes. Me preguntaba constantemente si de verdad quería que estuviera en casa.
Nunca me cansé de responderle.
—Por supuesto, cariño. Esta es tu casa y te quiero.
Poco a poco comenzó a mejorar.
Entonces, dos meses después, ocurrió algo extraordinario.
Una mañana Emily entró en la sala con un cuaderno azul entre las manos.
—Mamá, he escrito algo para ti.
Se sentó a mi lado y comenzó a leer.
«Me llamo Emily. Tengo dificultades, pero eso no me convierte en una mala persona. Merezco cariño y respeto. Tengo derecho a decir que no. Nadie tiene derecho a asustarme para obligarme a guardar secretos».
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Es precioso, cariño.