Cuando nos acercábamos a la puerta, se detuvo de repente.
—Mamá, espera.
Regresó a la mesa y tomó su diadema blanca de perlas.
—¿También debo llevarme esto?
—¿Por qué, cariño?
—Martha me obligaba a ponérmela para las fotografías. Decía que tenía que verme bonita y feliz para que tú no te preocuparas.
Se la quité suavemente de las manos.
—Nunca más tendrás que fingir que eres feliz para complacer a nadie.
Salimos de aquella casa sin mirar atrás.
Esa noche Emily durmió a mi lado. Varias veces despertó aterrorizada y me preguntó si Martha vendría a buscarla.
Cada vez le tomaba la mano y le prometía que estaba a salvo.
A la mañana siguiente llamé a su psicóloga y le conté todo lo sucedido.
Me explicó que Emily había sufrido manipulación emocional y maltrato psicológico. Su recuperación requeriría paciencia, tranquilidad y ayuda profesional.