Cuando dejé a mi hija de 24 años, que tiene problemas de salud mental, en casa de una amiga íntima de mi madre, jamás imaginé lo que aquella mujer la obligaba a hacer. Un día escuché a escondidas cómo amenazaba a mi hija: «Si le cuentas algo a tu madre, ya sabes lo que pasará. Esta noche lo harás por última vez y después quizá te permita volver a casa».

Miró a Emily.

—Cuando vino aquí, mi casa volvió a llenarse de vida. Desayunábamos juntas, veíamos la televisión y conversábamos. Me llamaba abuela. Por primera vez en años, fui feliz.

—Y cuando empecé a recuperarme, supiste que pronto me la llevaría a casa.

Martha asintió.

—No soportaba la idea de perderla. Pensé que, si creía que tú no la querías, quizá decidiría quedarse conmigo.

La miré sin poder creerlo.

—¿Por eso la obligabas a memorizar esas mentiras horribles?

—Pensé que, si te decía que era más feliz aquí, tal vez permitirías que se quedara.

Entonces Emily finalmente habló.

—Mamá, todas las noches me hacía sentarme aquí y repetir esas frases. A veces incluso me grababa.

Miré la grabadora.

—Si decía algo mal, me obligaba a empezar de nuevo. Cuando lloraba, me decía que era una desagradecida.

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